La «dictadura» del éxito en el pickleball español

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¿Por qué en el pickleball español nada fracasa nunca?. Y por qué eso es un problema

Basta con abrir Instagram un domingo por la tarde para comprobarlo. Un torneo con doce parejas apuntadas en una pista de un polideportivo de barrio: “rotundo éxito de participación”. Un curso de iniciación al que acudieron ocho personas: “éxito de convocatoria”. Un circuito que cambia de sede a mitad de temporada porque no cuadran los números: “balance muy positivo”. En el pickleball español, da la sensación de que la palabra “fracaso” ha sido retirada del diccionario. Absolutamente todo es un “éxito rotundo”, “histórico”, “un hito sin precedentes” o “evento espectacular”.

 

 

 

El problema no es el optimismo. El problema es que ese optimismo se ha convertido en la única categoría disponible para describir cualquier cosa que ocurra en este deporte, y eso tiene consecuencias muy concretas sobre cómo se toman decisiones, se reparte la inversión y se construye la credibilidad de una disciplina que todavía está definiendo su lugar en el panorama deportivo español.

 

Un deporte que necesita creer en sí mismo… y que confunde eso con no poder cuestionarse

Es comprensible, hasta cierto punto, que un deporte en fase de expansión necesite proyectar energía positiva. El pickleball en España vive de la ilusión de sus promotores, de clubes que arriesgan capital propio, de organizadores que compaginan esto con otro trabajo, de federaciones autonómicas y del propio Comité de Pickleball que intenta construir estructura sobre la marcha. En ese contexto, hay un instinto de proteger el relato: si reconocemos que un torneo ha ido mal, ¿no estaremos dañando la imagen de todo el deporte?

Ese instinto, sin embargo, es exactamente el que hay que combatir. Confundir “cuidar la imagen del pickleball” con “no admitir nunca que algo no ha funcionado” es el camino más corto hacia una comunidad que no aprende de sus propios errores, porque oficialmente no los comete.

 

¿Qué motivos puede haber detrás de este triunfalismo sistemático?, de momento se detectan tres:

  • La caza del patrocinador. Las marcas y las instituciones públicas no invierten en proyectos dudosos. Para vender un producto (torneo o circuito), los organizadores sienten la obligación de presentar números inflados (o maquillados) y sensaciones inmejorables.

 

  • El algoritmo de la apariencia: en la era de Instagram y LinkedIn, admitir que una categoría se canceló por falta de inscritos o que la lluvia arruinó la logística equivale a “fracasar”. Se prefiere recortar el plano de la foto para que parezca que el recinto estaba lleno.

 

  • La autojustificación: organizar eventos de pickleball hoy en día requiere un esfuerzo titánico, a menudo con recursos muy limitados. Reconocer que el resultado no ha sido el esperado es un trago amargo para quienes se han dejado la piel en el proceso.

 

 

«La paradoja es que los éxitos reales dejan de destacar, precisamente porque el término se ha desgastado en describir cualquier cosa»

 

Las consecuencias de vivir en un espejismo

Sostener una mentira colectiva tiene un precio. Cuando todo lo que se organiza es excelente por definición, las consecuencias negativas no tardan en aparecer:

 

  • Se pierde credibilidad. El jugador que paga la inscripción, el patrocinador que asiste al evento, el periodista que cubre el evento no son tontos. Si se anuncia un “éxito de participación” en un torneo que apenas cubrió la mitad de los cuadros de juego, la marca del organizador y del deporte en sí se devalúa. Si un evento con baja participación se etiqueta igual que uno que agotó inscripciones en 48 horas, no queda ningún dato útil sobre qué formatos funcionan, qué fechas hay que evitar, qué errores de comunicación hay que repetir menos.

 

  • Anestesia de la autocrítica: si todo sale bien siempre, ¿para qué mejorar? El conformismo se instala en los comités organizadores. No se analizan los retrasos en los horarios, la falta de agua para los jugadores, la escasez de árbitros, el mal estado de las redes o las pistas. La palabra “éxito” pierde su función discriminante. Un club que logra algo notable queda diluido en el mismo adjetivo que se usa para el evento que apenas cubrió gastos. La paradoja es que los éxitos reales dejan de destacar, precisamente porque el término se ha desgastado en describir cualquier cosa.

 

  • La burbuja de las falsas expectativas: se genera la ilusión de que el pickleball ya es un deporte de masas autosuficiente, lo que lleva a nuevos emprendedores a invertir recursos bajo premisas falsas, topándose más tarde con un muro de realidad difícil de digerir. Si los patrocinadores, marcas, instituciones o inversores no tienen más información que la que ofrecen las propias redes sociales (o las notas de prensa), si esa información está sistemáticamente inflada, las decisiones se basan en humo, en un espejismo.

 

“Si todo es un éxito. Entonces nada lo es. La falta de contraste diluye el mérito de aquellos eventos que realmente logran hacer las cosas de manera sobresaliente”

 

La relatividad del éxito, redefiniendo métricas

Es hora de entender que el éxito en el pickleball actual es un concepto sumamente relativo. No podemos medir un torneo amateur de club con la misma vara que una prueba de un circuito nacional, ni un curso de monitores de fin de semana con un plan de formación federativo a largo plazo.

¿Es un éxito juntar a cuarenta jugadores en una localidad donde hace seis meses nadie sabía lo que era una pala? Sí, lo es, y es un éxito enorme por su impacto local. Pero no es un “éxito de masas a nivel nacional”. Aprender a dimensionar los logros en su justa medida es el primer paso hacia la madurez como sector.

Sin un marco de referencia común, algo que el tenis o el pádel sí tiene, con décadas de datos históricos, categorías homologadas y un consenso implícito sobre qué es un torneo grande y qué es uno modesto, la palabra “éxito” se queda sin ancla. Puede significar cualquier cosa, y por eso termina significando siempre lo mismo: “esto ha ocurrido y quiero que se sepa que ha ocurrido”.

Esa relatividad no es inocente. Permite que un torneo con seis parejas y otro con sesenta compartan titular. Permite que la ausencia de un informe de resultados, de una nota de prensa con cifras verificables o de una simple foto del cuadro final no genere ninguna pregunta. Permite, en definitiva, que el marketing sustituya al periodismo deportivo como fuente principal de información sobre el estado real de este deporte en España.

 

 

El verdadero éxito no se mide en el número de likes de un post, sino en la tasa de retorno. ¿Los jugadores quieren volver el año que viene?, ¿el patrocinador ha visto retorno real en su inversión?, ¿se han tendido puentes para que la comunidad local siga jugando el lunes siguiente?

 

 

 

«En un ecosistema donde reconocer un problema se considera un ataque al organizador, cualquier análisis honesto se convierte en un acto casi hostil»

 

 

Por un crecimiento íntegro, se puede hacer de otra manera

No pasa nada por admitir que un torneo tuvo problemas logísticos; de los errores se aprende y la comunidad del pickleball es lo suficientemente noble como para apoyar a quien trabaja con transparencia. No pasa nada por reconocer que un circuito no ha cumplido sus expectativas de inscripción; eso nos obliga a preguntarnos qué busca realmente el jugador y cómo podemos ofrecérselo.

Para que este deporte que tanto amamos deje de ser una eterna promesa y se consolide como una realidad sólida, debemos perder el miedo a la autocrítica.

No se trata de instaurar una cultura del pesimismo ni de restar mérito al esfuerzo de quienes organizan eventos de pickleball en este país. Se trata de algo más sencillo: que “éxito” vuelva a ser una palabra que se gana, no una que se aplica por defecto.

En un ecosistema donde reconocer un problema se considera un ataque al organizador, cualquier análisis honesto se convierte en un acto casi hostil. Eso empobrece el debate público del deporte y deja fuera exactamente el tipo de conversación que cualquier disciplina necesita para madurar: la que compara, cuestiona y exige mejora.

Hay que permitir que la comunidad (jugadores, clubes, patrocinadores, instituciones y medios) pueda comparar eventos entre sí con algo más que la palabra de quien los organiza.

 

El pickleball necesita una conversación más adulta

El crecimiento de este deporte depende de la calidad del debate que sea capaz de generar.

Necesita análisis.

Opinión.

Editoriales.

Artículos de invitados.

Datos.

Comparaciones.

Preguntas incómodas.

Y también reconocimiento cuando las cosas se hacen bien.

                                     

 

El pickleball español está en un momento decisivo, de esos en los que se decide si un deporte se convierte en estructura sólida o en una burbuja de entusiasmo con fecha de caducidad. Ese momento no se gana inflando comunicados de prensa. Se gana con datos, con autocrítica y , sobre todo, con el valor de llamar a las cosas por su nombre, también cuando el nombre correcto no es “éxito”.

Eso no resta prestigio, genera credibilidad.

Los deportes evolucionan porque alguien se atreve a decir que algo puede hacerse mejor. No porque todos se feliciten constantemente.

 

Para concluir, una frase sobre el éxito:

 

«El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo.» — Winston Churchill

 

Juanmi Remes

Pickleball Málaga

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